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LA LITERATURA Y LAS PATENTES

  • En este mes de abril se celebra el día internacional del libro, más concretamente, el 23 de abril, coincidiendo con la entrega del Premio Cervantes. Aunque un profano en la materia podría pensar que el mundo de las patentes y la literatura se encuentran muy alejados, hay más relación de la que se podría pensar.


    Hace unos años, me propuse tratar de buscar todos los puntos de contacto entre el mundo de las patentes y la literatura, y ya son varios los artículos o entradas al respecto, publicadas en el blog de la Oficina Española de Patentes y Marcas. Voy a resumir la información contenida en ellos, para los que no dispongan de demasiado tiempo para leerse todo el material.


    La literatura española y las patentes


    Pío Baroja (1872-1956), representante de la generación del 98, dedicó una trilogía ( “Aventuras, inventos y mistificaciones de Silvestre Paradox” (1901), “Camino de perfección (pasión mística) (1901) y Paradox Rey (1906)) a Silvestre Paradox, un inventor excéntrico que vivía en Madrid y trataba de idear una invención que le sacara de pobre. En un momento dado, trató de patentar una de sus invenciones, la “ratonera-speculum” y se la denegaron, lo cual quedó reflejado en su obra:


    “¡Denegar su patente! ¿Se había visto estupidez mayor? Y el hombre de la raída pellida sacó el Boletín del Ministerio de Fomento y leyó en alta voz: “Patente número 34.420. Ratonera-Speculum de don Silvestre Pradoz. Denegada por no revestir la Memoria suficiente claridad.” ¡Denegada! ¡A mí! – y los labios de don Silvestre se crisparon con una sonrisa sardónica.


    -¿Pero qué van a hacer esos señores del Ministerio – y don Silvestre Paradox se dirigió a la avutarda, que mal envuelta en los periódicos no se atrevía más que a sacar la cabeza – si no saben ni los rudimentos de la Mecánica, ni los rudimentos de la Historia Natural, ni los rudimentos de nada?


    Desde aquel momento don Silvestre iba a clasificar a los empleados del Ministerio en el género de los pingüinos. ¡Denegar la patente! ¡Desdichados! Ya no iba a pedir ninguna patente. Le obligaban a tomar esa determinación. Sus inventos los presentaría a la Academia de Ciencias de París, a la de Berlín, a la de Copenhague.


                ¡La ciencia no tiene patria; el infinito tampoco!”


     Ricardo Baroja (1871 – 1953), también escritor y que regentó la panadería “Viena Capellanes” de Madrid en la que trabajo Pío, presentó una solicitud de patente (ES20.199) sobre un “pan reconstituyente”, aunque no le fue concedida.


     Enrique Jardiel Poncela (1901-1952)


    Gran autor teatral, con obras tan conocidas como “Eloísa está debajo de un almendro” o “Los ladrones somos gente honrada” presentó una solicitud de patente, la ES 182.262, sobre un nuevo sistema de maquinaria escénico-teatral que permitía la traslación y permutación de múltiples escenarios prefabricados, a fin de aumentar las posibilidades de ambientación y la velocidad en la transición de escenas, lo que redundaba en un mayor dinamismo de la acción dramática.


     Arturo Barea (1897 – 1957)


    Este escritor puede considerarse el máximo representante de la relación entre las patentes y la literatura, puesto que el mismo fue agente de la propiedad industrial especializado en patentes, inventor y posteriormente todo ello quedó recogido en su novela autobiográfica “La forja de un rebelde”. De origen muy humilde participó en la guerra de África donde vivió el “desastre de Annual” en 1921. A su regreso de la guerra encontró trabajo en “Casa Agustín Ungría” como tramitador de patentes. La empresa aún continúa en el mundo de la propiedad industrial bajo el nombre de “Ungría Patentes y Marcas”. Su fundador Agustín Ungría Castro había sido el primer agente de la propiedad industrial en anotarse en el Registro de la Propiedad Industrial. En el capítulo “la tela araña” del tercer volumen de la “Forja de un rebelde” comenta su relación con los inventores: “¡Qué trabajo costaba convencer a estos hombres de que su invento no era invento y que el mundo lo conocía hacía ya muchos años! O que su mecanismo reñía con los principios de la mecánica y no podía funcionar”. Asimismo, nos hizo llegar una fiel descripción de lo que era el Registro de la Propiedad Industrial en los años anteriores al estallido de la guerra civil. Sobre este último aspecto, les recomiendo un artículo que escribí para la revista marchamos. En la base de datos del archivo histórico de la OEPM se pueden encontrar los datos bibliográficos de 3 patentes en las que Arturo Barea figura como inventor: un dispositivo-envase, especialmente aplicable a las pastas dentífricas, perfeccionamientos introducidos en máquinas vaporizadoras y perfeccionamientos introducidos en la fabricación de objetos huecos en pasta celulósica y similares.


     José Luis Sampedro (1917-2013)


    En una novela de este autor, también economista, titulada “Congreso en Estocolmo”, se hace referencia al mundo de las patentes y al secreto industrial, en relación con un medicamento basado en los corticoides.


     Alberto Vázquez Figueroa  (1936)


    Este popular escritor, especialmente en el género de la aventura, relata en su libro autobiográfico “el agua prometida” como su experiencia personal con la escasez de agua le llevó a inventar y patentar un nuevo método de desalinización del agua que, por diversos motivos, aún no muy claros, no llegó a explotarse.


     La literatura extranjera y las patentes


    Los clásicos


    Los dos grandes clásicos de la literatura universal que abordaron el tema de las patentes en sus obras fueron Balzac y Dickens.


    Honoré de Balzac (1799-1850)


    Es el autor de una novela de título “les souffrances de l’inventeur” , tercera parte de la obra “Les illusions perdues”, en la cual la invención y la patente ocupan un lugar muy relevante en la trama. Balzac conocía muy bien el mundo de la “impresión” y en 1825 había fundado una imprenta junto a unos socios. Esta obra tiene un gran valor desde el punto de vista de la historia de las patentes, pues ofrece un testimonio muy temprano de cuál era la experiencia de un inventor en busca de una patente unos pocos años después de la aprobación de la primera Ley de Patentes francesa en 1791. La novela de Balzac es una de las primeras que describen en detalle las vicisitudes de un inventor para proteger su invención mediante esa modalidad legal recientemente aparecida y llamada patente de invención. También resulta sorprendente observar cómo casi 200 años después, muchas de las experiencias vividas por un inventor particular, David Séchard, que buscaba la explotación económica de su invención se siguen repitiendo.


     Charles Dickens (1812-1870)


    Este escritor, personificación de lo que es un escritor de éxito, escribió en 1850 un relato llamado “A poor man’s tale of a patent”  donde se relatan las dificultades de un inventor, “Old John”, para obtener una patente. La consigue después de numerosas penalidades y considerables gastos.Se trata de un relato-denuncia de la burocracia inglesa de la época, donde el solicitante tiene que superar 35 pasos para obtener la patente. Se afirma que el gobierno británico se vio afectado por el relato aprobando una nueva Ley de patentes en 1852 y estableciendo una única oficina de patentes para todo el Reino Unido, pues hasta entonces si se deseaba conseguir una única patente para todo el Reino Unido había que presentar una solicitud en Inglaterra, en Escocia y otra en Irlanda. Desde luego su queja era realmente dramática:


    “But I put this: Is it reasonable to make a man feel as if, in inventing an ingenious improvement meant to do good, he had done something wrong?  How else can a man feel, when he is met by such difficulties at every turn?  All inventors taking out a Patent MUST feel so.”


     Debido a su éxito, tuvo una relación muy estrecha con el mundo de la propiedad intelectual, puesto que sus novelas eran copiadas sin piedad, sobre todo en los Estados Unidos. Si desean ampliar la información sobre esta novela de Dickens, les recomiendo que lean este artículo publicado en la revista “MARCHAMOS” de la OEPM en 2012, año del bicentenario de su nacimiento.


    Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944)


    Aunque Antoine de Saint-Exupéry es mundialmente conocido como escritor y especialmente por su obra “El principito”, en realidad, su profesión fue la de piloto, a la que accedió durante la realización de su servicio militar en 1921. Entre 1934 y 1940 presentó una serie de solicitudes de patentes de invención relacionadas con el mundo de la aviación. Si desean más información sobre sus invenciones, pueden hacerlo en esta otra nota.


     La ciencia ficción y las patentes


    Arthur C. Clarke (1917-2008)


    Este gran inventor del género de la Ciencia Ficción también dedicó un relato breve “patent pending” de su libro de historias cortas “Tales from the White Hart” al mundo de la invención. Aunque se trata de una curiosa historia que gira alrededor de una invención que adelantaba el boom que hoy se vive en relación la realidad virtual, su relación con las patentes se limita al título. Si desean conocer algo más sobre esta historia y su relación, aunque sea un poco forzada, con el mundo de las patentes, visiten esta entrada del blog de la OEPM


    Charles L.Harness (1905-2005)


    En este caso, no se trata de un autor reconocido sino de un profesional del mundo de las patentes, que trabajó gran parte de su vida como agente y tuvo algunas incursiones en el mundo de las patentes como en su obra “The Venetian Court”, en la que realiza previsiones interesantes sobre cómo sería el futuro en el mundo de las patentes, un futuro en el que curiosamente inventan los robots, un tema que hoy se trata en todos los congresos sobre propiedad intelectual e industrial que se precien. Si desean profundizar en el contenido de “The Venetian Court”, les recomiendo que lean esta otra entrada.


     


    Si es usted un profesional de mundo de las patentes, estoy seguro de que habrá disfrutado de esta recopilación de casos en los que de un modo u otro hubo relación entre el mundo de las patentes y la literatura. Por cierto, si conocen algún caso más, les estaría muy agradecido si me lo comunicaran.


    Leopoldo Belda

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